10/12/11

Pasos de ida y vuelta en la jungla social.

Los conceptos, las costumbres, las personas, el escenario cosmopolita de la vida, sin lugar a dudas marca el compás y acordes, indeleblemente, en el ritmo de la actividad cotidiana, en sus fases o tramos, de física, convivencial, cultural, intelectual, cognitiva, social... y, por decantación natural, como que va dejándose ser uno de los revulsivos que provoca en doble vertiente de incertidumbre, la corriente hacia la dicotomía entre replegarse sobre sí y milimetrar con más cálculo las relaciones sociales, o abrir la mano en la claridad meridiana de que el pastel de la vida, una vez empezado, se va mediando, en la cadencia biológica obligada, invitando con mimo o aspereza, según proceda, a ejercer de loco y ponerse el mundo por montera, cosa que ni es fácil, ni debería ser difícil; pero, esa barrera en la indecisión podría decirse que ajusta la óptica de los prejuicios y crea la incertidumbre del pasar , o, no, extemporáneamente, del “todo fuera” y “sin reloj”, a la mesura de la reflexión y el “culto” y el “cultivo” a sí, y, de si mismo; esto, do quieran las circunstancias, desparramando conceptos, sin entrar en la “concreción de las ciencias” en su más amplio común sentido.
Habitualmente, pueden asaltar dudas sobre si se siente o considera imprescindible la devoción y consagración al sistema de relaciones más o menos socialmente-instauradas, y a los mecanismos de uso social más comunes, como, coloquialmente, pudiera ser, el “callejeo” por obligación, hojear la prensa por sus titulares bajo la excusa de un café de tertulia o, como modo de alternar, por costumbre establecida. Independientemente de quién sea, o no, amigo de estar sólo; o, simpatizante de practicar el ermitañismo; o, considerarse un ocasional “Robinson Crusoe” urbano, o por el contrario, rodearse, por hábito, de necesidades y necesitados incondicionales del barullo mundano, siendo, estas, vertientes o situaciones que; si pueden llegar a darse o, se dan; no debieran implicar para nada, común inercia de aplicación generalizada, habida cuenta de la variopinta gama de alternativas en la horquilla de opciones de individualismo social -pese al aparente equilibrio socializador- en la jungla de las relaciones interpersonales.
Dicho lo cual, como se dice coloquial-mente: -”si hay que salir, se sale; y si no hay que entrar, pues hasta que... y ...cuando sea”; pero, ni de manera rutinaria “obligada”-cada cual puede pensar como quiera, obviamente-, ni por “imperativo social”; dicho de otra manera, como también se utiliza comúnmente: -¡Si hay que ir, ¡se va!; pero, ir p'a n'a.....
El sistema de relaciones sociales fluye por sí mismo, y en su discurrir, cada individuo, lo administra según su código de conducta y su modo de considerar la diferenciación entre lo importante y lo necesario. Bien es cierto, que con frecuencia inusitada, la guarda de las composturas, por patrones de conducta ancladas al costumbrismo, hace que predomine la hipocresía a la verdad natural y espontánea, siendo ésta, ninguneada por, aquél.
Es evidente que todos necesitamos de todos, y que el mundo no sería tal si la sociedad se construyera sobre los cimientos de la individualidad en su más exhaustiva concepción, obvio; pero, tampoco es oportuno construir el laberinto urbano de las relaciones sociales alrededor de edificios etiquetados sin fecha de caducidad y con directrices arquitectónicas inamovibles tipificando sus calles como de dirección única.
Si cada individuo, cada persona, en su individualidad, en su concepción de sí y para sí, dueño absoluto -y responsable por ende- de sus libertades y de los derechos y deberes inherentes a su realidad social, elige traducir cuantos valores sociales y necesidades de socialización le ofrece el ambiente, en parcelas clasificables por orden de preferencia según sus convicciones y/o sus necesidades sociales; está en su perfecto derecho, así como la inercia natural de exposición a la crítica o discrepancia de sus acciones por los demás sujetos espectadores de su o sus conductas.
De perogrullo, es, que el individuo necesita de la sociedad y ésta del individuo, así, en igual orden, todos necesitamos de los demás, y los demás de nosotros, ...rematadamente obvio. Pero el como cada persona arbitre los extremos de su conducta de relaciones sociales, es obvio, también, que es patrimonio de cada cual; es quizás, éste, el principio de las individualidades. No hay ni cánones pre, ni establecidos, o cuando menos no deberían darse por aceptados, si existieran, para el desarrollo de lo socialmente correcto en el campo de relaciones interpersonales; ni tampoco deberían darse por sentados, patrones conductuales que confronten lo comúnmente aceptado, con las discrepancias de quienes no comulguen con ello.
En el entramado de las sociedades, la persona puede optar entre la individualidad o la sociabilidad; ambas no en su estricto sentido sociológico; sino en el de la interactividad conductual y en función de los intereses o preferencias de cada persona; como se dice comúnmente: -”para gustos, colores”.
La crítica a las formas de conducirse las personas, aún bajo el concepto del respeto a las libertades, en la sociedad cambiante, donde cohabitan patrones rígidos, cuidando no ceder terreno, demasiado, a patrones flexibles, es decir, donde la doble moral, el puritanismo, la superficialidad, la aceptación disfrazada, la hipocresía, la doble cara, ocupan un lugar en la aceptabilidad de las conductas en desacuerdo con esos extremos sociales concebidos como los del buen camino o la corrección de las actitudes, como que desmoronan el aparente aspecto sólido de la convivencia libre de prejuicios, dando identidad propia a las “miradas por encima del hombro”, tan abundantes en la mayoría de las sociedades civilizadas.
Mientras en la sociedad, funcionen las concepciones de moralidad-social de doble sentido, según el lugar que se pretenda ocupar en ella sin romper los moldes de lo bien hecho, o lo contrario; el uso de la sinceridad abierta, de la verdad sin envolturas, no será patrimonio de todos.