20/1/12

Chiflado errante


De acá para allá sin meta, sin destino fijo, vueltas y revueltas por campos, calles, pueblos y ciudades, cada uno y cada una con sus colores, sus sudores, sus ruidos, sus vericuetos, sus escondrijos claros y oscuros, ensamblados todos y cada uno en el cromatismo particular de la estructura física de cada pieza en el puzzle que configura el mundanal espacio habitable en su largo y en su ancho. En el ir y venir sin rumbo, en el afán de recorrer distancias para entretener la mente del renegar del paso, unas veces engañándolo con cantos, otras convenciéndolo con arte y otras ya abandonado a su suerte, late el ritmo del corazón cansado pero vivo, en centinela, para poderle al hastío que acecha como consecuencia de no ir a ninguna parte.
La partida, al salir es precedida de preparativo parco, alforjas de mucho fondo y poco poso, calzas de cueros ajados por el ceñir sin ser bruñidos a tiempo para “curar” raspaduras en sus pieles envejecidas más por abandono que por oficio, una manta para guardar los huesos del frío, una jícara con agua, una linterna y un palo de rudos nudos que en el caminar se irá ajustando y ahormando a la mano en su apoyar para reposar la fatiga del cuerpo andado.
...Amanecer de los días, echarse las tardes, para recibiendo las noches, vuelta a empezar amaneciendo y acompañar, en su repetir, al ciclo de la existencia para así cubrir etapa y, en el caminar, entretener la mente y aligerarla de las cargas de sus vaivenes filosóficos, menos profundos -mundanos-, a veces -las más- vulgares, vacíos otros y relegando los más entretenidos para momentos de asueto que estos requieren más cordura por su intención, su pasión y su deseo...
...¡Ah! graciosa la claridad, dice el chiflado, cuando despierta y pone en orden el desorden de las chifladuras, los caminos empinados hacen se atragante su gaznate con la mezcla del aliento seco y la cálida humedad -más bien caldo- del agua de la jícara. Entre los caminos que suben y los que bajan se forman y conforma el tapiz áspero del suelo que en su trazado conduce en su larga extensión al asfalto, más “educado” en su superficie transitable, pero más verdugo al caminar enhiesto del errante chiflado.
...Y se suceden espacios y distancias marcando paisajes de horizontes rojizos mezclando el eco de su expresión ruda y cansada, con el gris plomo del territorio urbano. El viajero, envuelto en sus ropas sudadas y con el pelo mojado -en afán de refrescarse- por el sudor, el polvo y el agua residual de la jícara, observa con dominio de espacio el que dedicará para resumir la concluída etapa de sus huesos cansados.
Cuando empezó el viaje..., no conocía destino, las rutas del errante no eran ni fijas ni concisas, ni estaban a buen recaudo de distancias cotejadas, había un origen y nada más que clarificara ruta, por eso de que “todos los caminos llevan a Roma”..., tampoco era relevante hacer parada y fonda predeterminados, él, con su “bastón de mando” por apoyo y guardia, sus pensamientos variopintos y el jugar volado de sus espacios mentales, hizo de la distancia un suspiro para acabar cuerdo que no chiflado.

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