Chiflado sin saberlo.

Hacía tiempo buscando entre sus legajos guardados en el trastero de su desordenada casa -para los de fuera, que para él tenía su orden incuestionable- por llamarla de alguna forma ya que las diferentes piezas eran multiuso y multiforme combinando en perfecta comunión la dejadez con el abandono, encontró una pluma de ganso de impecable punta y forma hecha a la mano de su escribano a pesar de los años en desuso; dudó entre cogerla o respetar su descanso por aquello de que pudiera quebrarse en su longitud conservada a saber cuánto tiempo y si la polilla podía haber anidado indolentemente en su enjuto esqueleto; pero la curiosidad volvió su duda en atrevimiento y la tomó en su mano, la acarició con exquisito tacto, hizo gala de placer sobre sus labios cosquilleándolos, la olió y la volvió a su lugar descanso, ...¡qué maravilla!, se dijo, y al tiempo inquirió para sí: -¿Como puede estar olvidada y no desfigurar su compostura a pesar de la abstinencia del escrito y el fluir por sus “venas” de la tinta, a juzgar por los restos negruzcos que residen en su “persona”...?
...Gran imaginación la del chiflado, que entre otras desavenencias por virtud tenía facilidad de palabra, amigo de garambainas reflejado esto en sus frecuentes descomposturas personales, imaginada orientación, instinto no tácito, elocuencia semiaprendida, intuición desgastada, despistado, intelectual en fase de instrucción, menos culto que cultivado, filósofo de ocasión, dialogante enrevesado, conversador sutil, ágil de mente -vivo, más bien-, retrotraído a sus íntimos adentros -pero disimulado-, ...¡un “Séneca”!, que podría decirse en intención de ponderar al alza las virtudes tapadas de un maniático a “plazos”. En las invisibles, a los demás, oquedades de su mente se hacía refugio a las desavenencias entre el criterio de su razón y la razón de su criterio, chocaban en sus apreciaciones, discrepaban en matices morales y de equilibrio léxico, coincidan en los silencios que usaban de remanso para decantar las impurezas de sus impertinentes contradicciones; pero su terquedad no daba sitio ni tregua a las desconsideraciones del uno para el otro.
Alguna vez se enzarzaba en peregrina causa alrededor del respeto, ...¿qué cosa es?..., y lo destripaba entre argumentos: -respeto, ¿como causa o como miedo?, como miedo a qué; y, si el respeto se entiende y se extiende entre varios y se discrepa del mismo, se decía él, ...el chiflado, puede convertirse o acabar en guerra fría, ...¿no fue eso, el respeto o el miedo lo que embozó el mal mayor con el menor para abortar la guerra entre americanos y rusos?, y en este punto ¿podríase considerar la presencia del respeto como comprensión..., paradigma de entendimiento aunque no se comparta su sentir o su idea....?
Pensativo, un momento, entre la reminiscencia del encuentro de la hierática pluma y las desavenencias de la razón con su criterio da rienda suelta a su acostumbrada frivolidad y riendo, se adentra entre el respeto y sus contextos entresacando cordura y consecuencia al argumento para concluir en excomunión diciendo: -¡Soberbia conclusión que en una misma palabra se reúnan dos conceptos tan distintos y se usen por igual!: ...¡eso es respeto!
...Leía con desdén de pasota cuerdo sin saberlo, de vez en cuando, las fábulas de Esopo. Le gustaban y encandilaban sus moralejas cuajadas de didáctica trama y común moralidad, más su indomable condición de terco “sabio” hacía que las conclusiones morales tomaran el tinte que él quería y no el que entendían los comunes mortales. Así se creía ser, aunque no convencido, diferente al criterio de quienes al montón aceptan lo establecido por norma y no por norma lo establecido. Gustaba de jugar con el sinsentido de las palabras en frases de acomodaticia comprensión en contexto de cierta vulgaridad intelegente, usaba el pensar atropellado pero controlado habida cuenta su ocasional filosofía, era consciente de su aplazada tendencia a la manía sello esta de su elocuencia medida, de su manida intuición, de su conversar enrevesado..., eso si, volvía con terquedad al por qué de la dormida pluma... Quizás, pensaba y reconsideraba: si sería el ganso reacio a la “insistencia escrita” y en testamento, perdido u olvidado, dejó dicho que puesta en el trastero no habría uso del desuso... ¡Qué imbecilidad chiflado!, ...¿chiflado me he dicho?, ...¿estaré chiflado?. ¡Qué testamento ni que ocho cuartos!, una pluma es eso: ¡ una pluma!, su legado no es suyo, es del escribano, y si yo escribo con mi tinta y con mi mano, es que el trastero es mio, la casa su causa y el tintero testigo de que estoy chiflado sin saberlo.

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