Chiflado sin querer

Podría ser el pasear de un día cualquiera, sin horas, perdido en la longitud y latitud de su imaginación y sin hablarse y sin saberse se vió, sin haberse estudiado, encarado frente a un cruce de calles, en tal punto, a la derecha de su intersección se descolgaba, “sin arnés de seguridad”, una avenida amplia, por cuyo rostro se deslizaban infinitas lágrimas dejadas al azar por los pivotantes de repartidas “arterias” de riego por aspersión que enervaban lo flácido del césped de los jardines circundantes dañado por la sequedad de los días. Cientos de neumáticos propiedad de vehículos anónimos esparcen impertinente e imprudentemente las lágrimas del riego, y si bien no se percibe el rodar, si se hacen visibles, como vaho de respiración, los gases de la combustión de sus digestiones internas, necesidad biológica de los caballos que los mueven. Él se analizaba en razonamiento peregrino intentando descubrir si tenía sentido su pasear hacia ningún sitio o era inercia de abatida nostalgia de amores perdidos. En el caminar y en su no hablarse ni saberse aunque reflexionándose sobre si existe o insiste, árboles a distancias medidas intencionadamente repartidos intervienen en el paisaje urbano, él, acaricia a golpe alegre algunas ramas que se descuelgan por el peso de su retrasada poda y que le dan en el hombro, otras cobijan algún que otro banco de madera barnizada sobre los que se ronronea un periódico abandonado y al que el ligero viento acaricia desinteresadamente las primeras hojas reconviniendo otras desacomodadas del diario que han servido antes para proteger la culera del paseante chiflado. ¿Por qué no volverse a sentar y dilucidar el sentido de su abstinencia amorosa...?
En el suelo, revolotear de hojas caídas de los árboles a las que el chiflado anima con su pie en su bailar insulso en intento de jugar con ellas a cara o cruz no para despejar ninguna incógnita pensada, tampoco para intentar “saberse”. En una de las intersecciones de calles adyacentes con la avenida, una glorieta de dimensiones poco prudentes en su cintura exhibe una fuente de chorros a modo de dedos que en su borbotar quieren alcanzar el cielo, esto es reflexión de él, el chiflado, que en sus diferentes alturas mentales y a diferentes impulsos, como los chorros, trata de convertir en realidad la fuente con la apariencia de un piano, cosa que sensatamente piensa que en si es de todo punto incongruente. Él, para inhibirse de la anterior estupidez, tararea una melodía, no sabe por qué, “Fur Elise” -de Beethoven-, al tiento, descubre que es arítmico, ... ¿contrariedad?, ¡vaya usted a saber,! porque en su conclusión pretérita ni se hablará a si de su ausente ritmo ni se sabrá por qué... Sin embargo en un momento de lucidez, para sus adentros se insiste: ¿ser chiflado sin querer, no será más bien una excusa?, porque un chiflado, ¡siempre quiere serlo! De vez en cuando el sol se asoma entre los edificios laterales y se abre paso entre el “dialogar” de los pájaros que atusando sus plumas habitan las copas de los árboles. Abajo, en la calle, algún que otro perro, de vez en cuando, olfatea restos de señales de otros, ¡qué cosa más poco saludable se dice para sus adentros, él, el chiflado!, será que nadie le ha dicho que es cosa sucia y asquerosa? ...Pero insiste, se insiste en reflexión parsimoniosa: ¡Claro, ahora caigo: los perros son territorialistas como los hombres, pero como no tienen ejércitos, usan sus meadas y marcan así sus posesiones ¿no lo sabías?, para si, para sus adentros, ...¡ay, que no estoy cuerdo!
...En la continuidad de la avenida, en su doble sentido de tránsito, se reparten negocios en amplio abanico de ofertas y variedades que hacen del fluir de las gentes por sus arterias un ir y venir con sus saludos, sus paradas, sus caídas, sus empujones, sus risas y su estorbar inintencionado en rampas de acceso en favor del eclipse de barreras arquitectónicas, un acierto, se dice, mientras elucubra sobre el perro..., al tiempo se repite, ¡curioso!, ¿por qué no tienen ejército?
Un gran parque al fondo marca el coronar de la avenida, como un islote se deja rodear de un entramado de accesos que invitan a paladear el paseo tranquilo, cosa que aprovecha él, para dilucidar si una vez dentro animarse a disfrutar de su quietud y su sosegada lozanía o contagiarse por ósmosis de ellas. En el costado derecho del parque una única bocana abre jovial en actitud de anfitrión complaciente un espacio de pomposas terrazas y amplísimas aceras cortejadas por jardines que descubren ceremonialmente un agradable y exquisito bulevar, ¡delicioso ambiente!, se dice él, el chiflado sin querer, hace una pausa, se examina y reconduce su sabia experiencia en el arte de no pensar... En si, el paisaje, comparándolo con los desnudos espacios de su saber vestido y calzado en sus glorietas, sus aceras, sus gentes, su lozanía -sólo emulada por él pues la ósmosis no funcionó-, sus bulevares sus cruces de calles y mentes en intersección de sus elucubraciones y lagunas mentales, en fin, como cualquier paisaje..., es como un paraguas, o mejor como un sombrero, o como un tocado de fiesta, o como un perifollo pomposo, o como un toque personal invisible, ¡si!, mejor que sea eso, invisible, no es necesario destacar cuando se sobresale, eso es suficiente, ¡claro, claro, claro..., el ego, el regodeo narcisista, el orgullo, el brillar como el Sol...!, es que no es lo mismo ser Sol que ser sombrero, o perifollo, o tocado -que no hundido-, y no digamos ya: ...¡ser invisible!
¡Oh grandiosa elocuencia, la miá!, en el paraíso oculto de las cosas y sus causas, como en la continuidad de la avenida, andar perdido y chiflado es más fácil que difícil, así cuando el Sol husmea en el diálogo de los pájaros y refleja su cara en el haz de las hojas caídas a su antojo puede ser que un ejército, de lo que carecen los perros, de episodios circulantes por el destino de la vida, aún con pelusa y recelo a modo de envidia entre el ser y parecer sombrero, paraguas o perifollo, quieran recorrer por el borde la cintura de la glorieta que obliga en giro al pensar vacío de la inteligencia inerte sobre la hospitalidad del bulevar: ...¡Qué sin-sentido y que vacua reflexión!
...En el cruce de calles que para nada tiene que ver con la razón de ser chiflado sin querer, ni estarlo, es mejor parecerlo queriendo que parecerlo estando.  

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