Cosas banales, cosas urbanas.

Se remueve y despereza la calle… como seda, enturbia la claridad sobre el lienzo del nuevo día. Una densa niebla no deja entrever si amanece claro, despejado, o por el contrario, gris, triste y pálido. Es pronto para determinar lo de: mañanita de niebla tarde de paseo; pero todo apunta a juzgar por la humedad y lo mojado del suelo que, disipada en su densidad, llorarán las nubes y habrá que abrir los paraguas para caminar sin ser mojados sobre los hombros. El día, pues, abre así sus brazos y marca pautas para sortearlo en las dificultades cotidianas.
En la calle huele a café, aroma característico cuando la actividad urbana se despereza… de fondo, ruido de platitos y tazas que se golpean en delicada armonía, pero con el brío del camarero a la espera del ciudadano, usuario del placer matinal de un buen café con tostadas o churros incluidos… como fichas de dominó colocadas en fila y empujadas con el dedo, para provocar eso, nunca mejor dicho, efecto dominó. Las luces y anuncios de los bares y cafeterías más madrugadores, van bostezando sus luminosos en alerta al común mortal, en su variante de: currante, ejecutivo, funcionario y otros “mutantes de alto standing”, de que están listos para servirle y serle útil en la cotidiana acción de desayunarse, facilitándoles, al tiempo, poder satisfacer la curiosidad informativa en los diarios expuestos para tal fin, en algún rincón de la barra, o dejados de forma accidental; pero intencionada; sobre las mesas del local.
Es el escenario matinal habitual en la sucesión de los días en el medio urbano. No se reparte la gente por igual, las personas somos de manías, por eso hay cafeterías más y menos llenas, bares más y menos “poblados” y una expresión común tintinea en el oído del indeciso activo ciudadano a su paso por las cercanías de éstos: ¡señor, señores, señoras, jóvenes, joven, ...al fondo hay sitio!. ...Las peculiaridades del bullicio en el despertar de las ciudades, con frecuencia en su gesto, sobre todo para aquellas personas observadoras, tiene unas connotaciones de lo más singular, probablemente por su insignificancia y facilidad para pasar desapercibidas, un hecho común y repetitivo: el rugir de los cierres metálicos -en su apertura- de los establecimientos, el golpeteo de la tapa de cierre del carro de la limpieza, el sacudir del cogedor en el borde del mismo, el saludo del operario al ciudadano “repetitivo” en coincidente paso, el freno del autobús deteniéndose en su parada de turno, una mano levantada en solicitud de un taxi, un improperio salido de la boca de una bella mujer empujada por un usuario anónimo del metro que, en su llegar tarde, no mira a quien arrolla a su paso y no pide perdón tal lo cual...
...A las puertas de los grandes almacenes -se supone que tal adjetivo le viene de diferenciarlo en tiempos “atrás”, de los establecimientos comerciales de una puerta y de menos de diez empleados; esto lo digo yo, y puede sonar a imbecilidad, pero es una más de las muchas que todos tenemos, porque imbéciles (sálvese quien pueda) todos somos un poco, unos más, otros menos, pero todos las ponemos a nuestro servicio y con gran frecuencia, a lo mejor a modo de excusa, en el momento menos oportuno- se agolpan los compradores impulsivos y los compulsivos, los habituales, los que pasarán, verán y no comprarán, pero les encanta hacer espera; los premeditados, los puntuales; en el sentido de cliente selectivo; los que silbando, usan la puerta del establecimiento para quedar o como punto de cotilleo, los que hacen del entorno centro de operaciones delictivas de pequeño calado... en fin, podría decirse que unos y otros son parte integrante, con su movilidad, del mobiliario urbano cotidiano.
Vaya, ¡empieza la lluvia!. Saco el paraguas, me llaman, me vuelvo, ...nadie, ¡un error, quizás! ...¡maldita baldosa, me ha puesto perdido el pantalón hasta media pierna!, ¡joder!, ¡tanto operario municipal y ¿para qué?...
...Coches, pitidos, acelerones, insultos, nervios, carreras, ciudadanos mano en alto llamando la atención de quien esperándolos, no los atisban o están a punto, hartos de esperar, de abandonar el compromiso o la “queda”.
...En plena acera, son esquivados pero observados de forma desinteresada, o no tan desinteresada y, quizás, no sin cierta envidia una pareja de adolescentes se besan y no inhiben sus carantoñas ni insinuantes caricias, llenas de amor se supone, por la intensidad ante las indisimuladas miradas de los ocasionales espectadores circulantes ...¡bonita y natural estampa!. De estas cosas, entre otras muchas, está hecha la vida cotidiana… escenas de enamoradas parejas, de confraternidad nerviosa y urbana, de malos humos mecánicos, técnicos y humanos, de cercanía, de amistad, de anonimato, de preocupaciones calladas que se ahogan en los posos del café matinal, de rutinas inapreciables pero conocidas por estar anquilosadas en los hábitos menos pensables, de saludos, cortesías, indiferencias, suspicacias, odios, envidias en sus dos vertientes: sanas e insanas, orgullos callados pero crecidos, mascaradas... Y todo, integrado e integrante de ese entramado que se llama tejido social, cuyos hilos que lo conforman, tienen cada uno, su propia idiosincrasia.

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