21/1/12

Chiflado sin saberlo.

Hacía tiempo buscando entre sus legajos guardados en el trastero de su desordenada casa -para los de fuera, que para él tenía su orden incuestionable- por llamarla de alguna forma ya que las diferentes piezas eran multiuso y multiforme combinando en perfecta comunión la dejadez con el abandono, encontró una pluma de ganso de impecable punta y forma hecha a la mano de su escribano a pesar de los años en desuso; dudó entre cogerla o respetar su descanso por aquello de que pudiera quebrarse en su longitud conservada a saber cuánto tiempo y si la polilla podía haber anidado indolentemente en su enjuto esqueleto; pero la curiosidad volvió su duda en atrevimiento y la tomó en su mano, la acarició con exquisito tacto, hizo gala de placer sobre sus labios cosquilleándolos, la olió y la volvió a su lugar descanso, ...¡qué maravilla!, se dijo, y al tiempo inquirió para sí: -¿Como puede estar olvidada y no desfigurar su compostura a pesar de la abstinencia del escrito y el fluir por sus “venas” de la tinta, a juzgar por los restos negruzcos que residen en su “persona”...?
...Gran imaginación la del chiflado, que entre otras desavenencias por virtud tenía facilidad de palabra, amigo de garambainas reflejado esto en sus frecuentes descomposturas personales, imaginada orientación, instinto no tácito, elocuencia semiaprendida, intuición desgastada, despistado, intelectual en fase de instrucción, menos culto que cultivado, filósofo de ocasión, dialogante enrevesado, conversador sutil, ágil de mente -vivo, más bien-, retrotraído a sus íntimos adentros -pero disimulado-, ...¡un “Séneca”!, que podría decirse en intención de ponderar al alza las virtudes tapadas de un maniático a “plazos”. En las invisibles, a los demás, oquedades de su mente se hacía refugio a las desavenencias entre el criterio de su razón y la razón de su criterio, chocaban en sus apreciaciones, discrepaban en matices morales y de equilibrio léxico, coincidan en los silencios que usaban de remanso para decantar las impurezas de sus impertinentes contradicciones; pero su terquedad no daba sitio ni tregua a las desconsideraciones del uno para el otro.
Alguna vez se enzarzaba en peregrina causa alrededor del respeto, ...¿qué cosa es?..., y lo destripaba entre argumentos: -respeto, ¿como causa o como miedo?, como miedo a qué; y, si el respeto se entiende y se extiende entre varios y se discrepa del mismo, se decía él, ...el chiflado, puede convertirse o acabar en guerra fría, ...¿no fue eso, el respeto o el miedo lo que embozó el mal mayor con el menor para abortar la guerra entre americanos y rusos?, y en este punto ¿podríase considerar la presencia del respeto como comprensión..., paradigma de entendimiento aunque no se comparta su sentir o su idea....?
Pensativo, un momento, entre la reminiscencia del encuentro de la hierática pluma y las desavenencias de la razón con su criterio da rienda suelta a su acostumbrada frivolidad y riendo, se adentra entre el respeto y sus contextos entresacando cordura y consecuencia al argumento para concluir en excomunión diciendo: -¡Soberbia conclusión que en una misma palabra se reúnan dos conceptos tan distintos y se usen por igual!: ...¡eso es respeto!
...Leía con desdén de pasota cuerdo sin saberlo, de vez en cuando, las fábulas de Esopo. Le gustaban y encandilaban sus moralejas cuajadas de didáctica trama y común moralidad, más su indomable condición de terco “sabio” hacía que las conclusiones morales tomaran el tinte que él quería y no el que entendían los comunes mortales. Así se creía ser, aunque no convencido, diferente al criterio de quienes al montón aceptan lo establecido por norma y no por norma lo establecido. Gustaba de jugar con el sinsentido de las palabras en frases de acomodaticia comprensión en contexto de cierta vulgaridad intelegente, usaba el pensar atropellado pero controlado habida cuenta su ocasional filosofía, era consciente de su aplazada tendencia a la manía sello esta de su elocuencia medida, de su manida intuición, de su conversar enrevesado..., eso si, volvía con terquedad al por qué de la dormida pluma... Quizás, pensaba y reconsideraba: si sería el ganso reacio a la “insistencia escrita” y en testamento, perdido u olvidado, dejó dicho que puesta en el trastero no habría uso del desuso... ¡Qué imbecilidad chiflado!, ...¿chiflado me he dicho?, ...¿estaré chiflado?. ¡Qué testamento ni que ocho cuartos!, una pluma es eso: ¡ una pluma!, su legado no es suyo, es del escribano, y si yo escribo con mi tinta y con mi mano, es que el trastero es mio, la casa su causa y el tintero testigo de que estoy chiflado sin saberlo.

20/1/12

Chiflado errante


De acá para allá sin meta, sin destino fijo, vueltas y revueltas por campos, calles, pueblos y ciudades, cada uno y cada una con sus colores, sus sudores, sus ruidos, sus vericuetos, sus escondrijos claros y oscuros, ensamblados todos y cada uno en el cromatismo particular de la estructura física de cada pieza en el puzzle que configura el mundanal espacio habitable en su largo y en su ancho. En el ir y venir sin rumbo, en el afán de recorrer distancias para entretener la mente del renegar del paso, unas veces engañándolo con cantos, otras convenciéndolo con arte y otras ya abandonado a su suerte, late el ritmo del corazón cansado pero vivo, en centinela, para poderle al hastío que acecha como consecuencia de no ir a ninguna parte.
La partida, al salir es precedida de preparativo parco, alforjas de mucho fondo y poco poso, calzas de cueros ajados por el ceñir sin ser bruñidos a tiempo para “curar” raspaduras en sus pieles envejecidas más por abandono que por oficio, una manta para guardar los huesos del frío, una jícara con agua, una linterna y un palo de rudos nudos que en el caminar se irá ajustando y ahormando a la mano en su apoyar para reposar la fatiga del cuerpo andado.
...Amanecer de los días, echarse las tardes, para recibiendo las noches, vuelta a empezar amaneciendo y acompañar, en su repetir, al ciclo de la existencia para así cubrir etapa y, en el caminar, entretener la mente y aligerarla de las cargas de sus vaivenes filosóficos, menos profundos -mundanos-, a veces -las más- vulgares, vacíos otros y relegando los más entretenidos para momentos de asueto que estos requieren más cordura por su intención, su pasión y su deseo...
...¡Ah! graciosa la claridad, dice el chiflado, cuando despierta y pone en orden el desorden de las chifladuras, los caminos empinados hacen se atragante su gaznate con la mezcla del aliento seco y la cálida humedad -más bien caldo- del agua de la jícara. Entre los caminos que suben y los que bajan se forman y conforma el tapiz áspero del suelo que en su trazado conduce en su larga extensión al asfalto, más “educado” en su superficie transitable, pero más verdugo al caminar enhiesto del errante chiflado.
...Y se suceden espacios y distancias marcando paisajes de horizontes rojizos mezclando el eco de su expresión ruda y cansada, con el gris plomo del territorio urbano. El viajero, envuelto en sus ropas sudadas y con el pelo mojado -en afán de refrescarse- por el sudor, el polvo y el agua residual de la jícara, observa con dominio de espacio el que dedicará para resumir la concluída etapa de sus huesos cansados.
Cuando empezó el viaje..., no conocía destino, las rutas del errante no eran ni fijas ni concisas, ni estaban a buen recaudo de distancias cotejadas, había un origen y nada más que clarificara ruta, por eso de que “todos los caminos llevan a Roma”..., tampoco era relevante hacer parada y fonda predeterminados, él, con su “bastón de mando” por apoyo y guardia, sus pensamientos variopintos y el jugar volado de sus espacios mentales, hizo de la distancia un suspiro para acabar cuerdo que no chiflado.

17/1/12

Estar chiflado.

Estar chiflado.
Aquellos días, aquellos tiempos, aquello, era otra cosa; era o no era, no lo sé, era. Tampoco era necesario saber si eran horas, días, semanas, meses, años, ...eran; ... y qué más daba, si se sucedían de forma natural, detrás de unos, otros, en cadena, sin discontinuidad, con orden, sin empujones, sin ansias, sin adelantarse unos a otros, con exquisita prudencia y delicadeza, si era necesario se cedían el paso, si no, compartían sus tiempos de espera en la cadencia del turno, hablaban, tenían sus confidencias -secretas, claro-, los había con flow y sin él, todos, eso si, gozaban de buena cara, su expresión denotaba paz, ¡qué buena gente!, ...los días, es obvio.
Chiflado, que en tono coloquial no es estar “loco”, es, ...parecerlo. Alocado, chiflado, ...no, no es lo mismo, la conexión entre ellos no se sucede como el transcurso de aquellos días, esos, eran otros, nunca llegaron a saber si alocados o chiflados, eran algo, ...eran.
En la sucesión de aquellos, llamaba la atención la musicalidad de sus silencios, la cadencia de sus pausas, el tono de sus notas, todas ordenadas y prudentes en su duración, ...como ellos, de las semifusas, a las blancas y en ese orden: fusas, semicorcheas, corcheas, negras, blancas, redondas..., ellos pasaban así, paseaban así su quietud y su galantería, altivos, crecidos ante sí, joviales, sin tregua al desánimo, se sabían seguros y significantes, quizás mejor, significativos, sabedores de ser guardianes de secretos, causas y aconteceres de signos de toda índole y a buen recaudo la facultad de exhibirlos o callarlos.
...Chiflado, que no es lo mismo, estarlo, que parecerlo. ¡Gran estadio de la naturaleza humana...!, ¿parecerlo o estarlo?; ¿estarlo o parecerlo?. La verdad..., ¿qué es la verdad?, ¡la verdad!, ...¿la verdad sencilla, o la doble verdad?, esto mareó durante tiempo a Leibniz y a Descartes en discusión irresoluta sobre si había o no una doble verdad en sus dimensiones de teológica o divina y filosófica o humana.
...Aquellos días, no ocultaban su tendecia morbosa a ser irresolutos, caminar hacia el laberinto de la locura no era indicado, ni aconsejable, porque una cosa era estar chiflado y otra estudiar para estarlo, lo que podría parecer una locura; aunque si al final podría ser parecerlo, pues mejor, estarlo.

16/1/12

Cosas banales, cosas urbanas.

Se remueve y despereza la calle… como seda, enturbia la claridad sobre el lienzo del nuevo día. Una densa niebla no deja entrever si amanece claro, despejado, o por el contrario, gris, triste y pálido. Es pronto para determinar lo de: mañanita de niebla tarde de paseo; pero todo apunta a juzgar por la humedad y lo mojado del suelo que, disipada en su densidad, llorarán las nubes y habrá que abrir los paraguas para caminar sin ser mojados sobre los hombros. El día, pues, abre así sus brazos y marca pautas para sortearlo en las dificultades cotidianas.
En la calle huele a café, aroma característico cuando la actividad urbana se despereza… de fondo, ruido de platitos y tazas que se golpean en delicada armonía, pero con el brío del camarero a la espera del ciudadano, usuario del placer matinal de un buen café con tostadas o churros incluidos… como fichas de dominó colocadas en fila y empujadas con el dedo, para provocar eso, nunca mejor dicho, efecto dominó. Las luces y anuncios de los bares y cafeterías más madrugadores, van bostezando sus luminosos en alerta al común mortal, en su variante de: currante, ejecutivo, funcionario y otros “mutantes de alto standing”, de que están listos para servirle y serle útil en la cotidiana acción de desayunarse, facilitándoles, al tiempo, poder satisfacer la curiosidad informativa en los diarios expuestos para tal fin, en algún rincón de la barra, o dejados de forma accidental; pero intencionada; sobre las mesas del local.
Es el escenario matinal habitual en la sucesión de los días en el medio urbano. No se reparte la gente por igual, las personas somos de manías, por eso hay cafeterías más y menos llenas, bares más y menos “poblados” y una expresión común tintinea en el oído del indeciso activo ciudadano a su paso por las cercanías de éstos: ¡señor, señores, señoras, jóvenes, joven, ...al fondo hay sitio!. ...Las peculiaridades del bullicio en el despertar de las ciudades, con frecuencia en su gesto, sobre todo para aquellas personas observadoras, tiene unas connotaciones de lo más singular, probablemente por su insignificancia y facilidad para pasar desapercibidas, un hecho común y repetitivo: el rugir de los cierres metálicos -en su apertura- de los establecimientos, el golpeteo de la tapa de cierre del carro de la limpieza, el sacudir del cogedor en el borde del mismo, el saludo del operario al ciudadano “repetitivo” en coincidente paso, el freno del autobús deteniéndose en su parada de turno, una mano levantada en solicitud de un taxi, un improperio salido de la boca de una bella mujer empujada por un usuario anónimo del metro que, en su llegar tarde, no mira a quien arrolla a su paso y no pide perdón tal lo cual...
...A las puertas de los grandes almacenes -se supone que tal adjetivo le viene de diferenciarlo en tiempos “atrás”, de los establecimientos comerciales de una puerta y de menos de diez empleados; esto lo digo yo, y puede sonar a imbecilidad, pero es una más de las muchas que todos tenemos, porque imbéciles (sálvese quien pueda) todos somos un poco, unos más, otros menos, pero todos las ponemos a nuestro servicio y con gran frecuencia, a lo mejor a modo de excusa, en el momento menos oportuno- se agolpan los compradores impulsivos y los compulsivos, los habituales, los que pasarán, verán y no comprarán, pero les encanta hacer espera; los premeditados, los puntuales; en el sentido de cliente selectivo; los que silbando, usan la puerta del establecimiento para quedar o como punto de cotilleo, los que hacen del entorno centro de operaciones delictivas de pequeño calado... en fin, podría decirse que unos y otros son parte integrante, con su movilidad, del mobiliario urbano cotidiano.
Vaya, ¡empieza la lluvia!. Saco el paraguas, me llaman, me vuelvo, ...nadie, ¡un error, quizás! ...¡maldita baldosa, me ha puesto perdido el pantalón hasta media pierna!, ¡joder!, ¡tanto operario municipal y ¿para qué?...
...Coches, pitidos, acelerones, insultos, nervios, carreras, ciudadanos mano en alto llamando la atención de quien esperándolos, no los atisban o están a punto, hartos de esperar, de abandonar el compromiso o la “queda”.
...En plena acera, son esquivados pero observados de forma desinteresada, o no tan desinteresada y, quizás, no sin cierta envidia una pareja de adolescentes se besan y no inhiben sus carantoñas ni insinuantes caricias, llenas de amor se supone, por la intensidad ante las indisimuladas miradas de los ocasionales espectadores circulantes ...¡bonita y natural estampa!. De estas cosas, entre otras muchas, está hecha la vida cotidiana… escenas de enamoradas parejas, de confraternidad nerviosa y urbana, de malos humos mecánicos, técnicos y humanos, de cercanía, de amistad, de anonimato, de preocupaciones calladas que se ahogan en los posos del café matinal, de rutinas inapreciables pero conocidas por estar anquilosadas en los hábitos menos pensables, de saludos, cortesías, indiferencias, suspicacias, odios, envidias en sus dos vertientes: sanas e insanas, orgullos callados pero crecidos, mascaradas... Y todo, integrado e integrante de ese entramado que se llama tejido social, cuyos hilos que lo conforman, tienen cada uno, su propia idiosincrasia.

15/1/12

Felicidad, extensión de ser feliz.

Estar armónicamente ajustado a la realidad, libre de necesidades que incomoden el equilibrio entre el placer del deseo de ser feliz y la consecución del mismo; en su más amplio sentido y sin rozar la filial del sexo, hito que no supone la cumbre de la consecución del fin último racional, y por ello carece, en primera instancia, de sentido prestarle atención; es en todo extremo digno de referenciar que, feliz no es aquel que logra la felicidad, sino quien consigue, su felicidad. La armonía y el equilibrio entre ser feliz y poder serlo es tarea de profundidad filosófica. Se puede ser feliz, queriendo y se puede ser feliz deseándolo, se puede..., ...¿por qué no?; y se puede no ser, de igual forma. Es un impulso anímico; pero, activo sólo si se le estimula en el qué, para qué y por qué.
¿Qué es la felicidad?, ¿por qué puerta se accede a su fortaleza?, ¿y, una vez dentro, dónde buscarla: ...en la torre del homenaje, en el laberinto de sus sótanos, entre la maleza del foso de los leones, en las mazmorras, en el salón regio, en las piezas del servicio, en el cinturón de las almenas, en las caballerizas, en el patio de armas...?, ¿o, quizás en el baúl donde el bufón guarda su gorro de cascabeles?, ¿dónde...?
¿Es la felicidad un estado de ánimo, o es el estadio entre lo que se cree querer y lo que se quiere?
¿Es la felicidad, un don interno, inherente a la persona, o un logro externo basado en el mito de la realización plena y “universal”?
Si conseguir cuanto nos proponemos, nos da la felicidad, ¿en que nos convertimos cuando lo conseguimos...?
Ser feliz, ¿es saber administrar nuestra felicidad individual, o, por el contrario, saber compartirla?
¿Y, de cuantas maneras se nos puede presentar la felicidad; y, cómo nos preparamos para enfrentarnos a cada una de ellas?, porque quizás la clave, no esté en la felicidad que buscamos sino en la que nos busca?
Podemos ser felices inteligentes, felices conformistas, acomodados felices, felices imbéciles, insatisfechos, hipócritas, rebeldes, escépticos o esperanzados; incluso en el peor de los casos, ...infelices, que también, este, es otro estadio de la felicidad y posiblemente no por extensión de ella, sino por intención, ¿por qué no?
Podemos levantarnos un día con la intención de ser felices. Queremos serlo, nos lo proponemos como meta, afilamos armas, nos vestimos de orgullo, de vitalidad, de poder, de intención, nos ponemos el mundo por montera, sacamos lo mejor de nosotros, olvidamos nuestros defectos, estimulamos nuestras virtudes, engalanamos la mejor de nuestras sonrisas dando brillo a nuestros ojos, refinamos nuestros gestos y movimientos, los acompasamos con delicada gracia. Todo un ejercicio de afirmación de intenciones. Nos enfrentamos a ella, a la felicidad, el primer contacto es crucial, si nos mira de frente y nos hace un gesto cómplice, es nuestra, si se muestra altiva, no es nuestro día, habrá que esperar al siguiente. Entre la felicidad de serlo o parecerlo sólo hay un paso, el paquete de condiciones que proponemos a nuestra voluntad para elegir entre lo que queremos y lo que deseamos.
Así, pues, si la felicidad la entendemos como la extensión de ser feliz, consumarla es tan fácil como saber por qué y para qué la queremos...